martes, 18 de noviembre de 2008

Liceo Manuel Barros Borgoño, Universidad del Matadero.

En este sitio incluiré un artículo dedicado al Barros Borgoño, pero que está dedicado a todos los liceos de Santiago, donde estudiamos los jóvenes de las zonas ubicadas en el Sur de nuestra capital.
Y servirá para recordar una de las canciones que en todos los liceos nos hacían cantar, "Los estudiantes pasan". Un recuerdo para nuestro profesor de Musica, señor Nuñez, el Media Pauta, como cariñosamente le llamabamos.

Casi todos los jóvenes y niños de aquellos lejanos tiempos de la infancia, años 50-60-70; después de estudiar en sus respectivos colegios o escuelas de su sector (sur) , confluían los hombres al Liceo Nº 4 de esos tiempos, llamado Liceo Manuel Barros Borgoño, y las niñas al Liceo Nº 6 de Niñas o al Darío Salas ubicado en Avda. España.

Pero este homenaje a los liceos de Santiago, lo haré por intermedio de mi liceo, el Manuel Barros Borgoño, la "Universidad del Matadero" como despectivamente lo llamaban algunos, y nosotros que estudiabamos ahí, lo lucíamos con orgullo.
Y todo porque nuestro liceo ubicado en San Diego, quedaba a pasos del Matadero de Animales ubicado en Franklin con Santa Rosa.

Aquí el video con el Himno del Liceo Manuel Barros Borgoño, para mis compañeros de esa época. Todo esto nació con el homenaje a los 100 años del Liceo.



Y aquí un escrito, aparecido en el diario Clarín de Chile, de un Borgoñino radicado en Vancouver, Canada.
Vaya este saludo, para nuestro amigo Diego E. Barahona Peña y para todos los borgoñinos de todas las generaciones, que pasaron por nuestro Liceo.


Liceo Manuel Barros Borgoño
escrito por Diego Barahona
lunes, 19 de marzo de 2007
Fue el último día de Febrero de 1950. Mi padre tenia una pluma de tinta, de esas antiguas que necesitaban de un tintero, la tinta era verde. Tenía además mi certificado de promoción al Segundo de primaria. Yo había estado en Kindergarten y Primero, en una escuela particular en la Gran Avenida, allá en Gambeta Sur, llamada pomposamente Shakespeare School, la cual funcionaba en una casa del sector. Mi padre agregó una raya vertical al número romano dos y éste se convirtió en tres — es decir, de II pasó a III. Estaba a punto de cumplir los siete años.

De esta manera obtuve mi promoción. Al día siguiente el viejo me tomó de la mano y nos fuimos caminando por San Diego hasta que llegamos al 1547 donde funcionaba el Liceo Manuel Barros Borgoño. Nos fuimos a una sala al final del patio de baldosas, en un rincón oscuro y allí estaba el Profesor Silva. Mi padre le mostró mi certificado y este abrió un libro y me hizo leer. Parece que no lo hice tan mal porque fui aprobado, sin embargo, para ser justos, habría que agregar que yo estaba siendo recomendado por una prima de mi padre la cual era profesora primaria en el Liceo de Niñas Numero 6, cerquita del Borgoño. La primaria funcionaba como Anexo del Liceo, el cual tenia horario en las tardes, allí se cursaba hasta Quinto o Sexto y después se pasaba a clases en la mañana.

Al final de curso repetí, es decir no pasé a Cuarto sino que tuve que volver a cursar Tercero. Mi profesor pasó a ser el Señor Powell, quien lo fue en Tercero y Cuarto, en Quinto le tocó al Profesor Morales y en Sexto pasé finalmente a los estudios de la mañana. Volví al mismo salón oscuro del rincón donde había cursado mi primer tercer año.

Estaba en Cuarto cuando nos tocó celebrar los 50 años de aniversario, con fiestas y partido de fútbol en contra del liceo de San Miguel por allá en el estadio militar, a un lado del Parque Cousiño. Recuerdo que fue una semana de celebraciones, no recuerdo quien ganó, pero fue para nosotros un tiempo inolvidable, con el estadio lleno y con las chicas del Liceo No 6 de niñas a nuestro lado. Nunca más celebramos el aniversario de esta manera. Todavía lo tengo presente como uno de los acontecimientos más importantes de mi niñez. Al final de la educación primaria era ya todo un Borgoñino, lo cual me hacía sentirme orgulloso. En aquellos años varios de los que habíamos empezado en el mismo curso por el ’51 seguíamos juntos, y continuamos hasta que nos tocó marcharnos años después. Recuerdo a Tapia, Juan Sánchez, Jaime Cordero, Troncoso, Montenegro, Omon, Cordero, y muchos más cuyo nombre no recuerdo. Aun conservo amigos de aquellos años y los recuerdo con cariño.

Pasé a Primero de Humanidades con un examen pendiente, es decir al final del Sexto de primaria me gané mi primer certificado azul, el amarillo ya lo había obtenido con mi repetición en Tercero. Debo de agregar que jamás me sentí acomplejado por haber repetido, era muy chico para medir cualquier consecuencia, que en todo caso nunca existió. Esta vez el certificado azul fue por Matemáticas, cosas raras de la vida, y tampoco fue el último por este motivo. En Marzo pasé el examen pendiente y fui matriculado en Primero de Humanidades del Primer Ciclo de estudios de la secundaria.

Corría el año 1955. El cambio fue total, pasamos de un profesor todo el año a un profesor por asignatura, entre los cuales se encontraba el Profesor Fuenzalida, profesor de Historia conocido popularmente como el Titila. Nos decía que las estrellas titilaban y nosotros veíamos como titilaban sus ojos. Gustaba de bromear con los alumnos y molestaba a algunos compañeros de ascendencia árabe, todo un juego sin ánimo de ofender ni de caracteres racistas, en mi opinión; en Castellano nos tocó el Profesor Abelardo Barahona, quien nos introdujo en la literatura y nos acompañó durante el resto del tiempo en que nos tocó ser Borgoñinos. No solo teníamos que leer, sino que había que buscar las criticas de los libros, lo cual nos mostró los caminos que tenia la Biblioteca Nacional, lo que me marcó para toda mi vida al adquirir la costumbre de leer. Qué maravilla que en aquella época la televisión era cosa del futuro. Al empezar mi segundo exilio en Canadá y durante el tiempo en que estuve enseñando en la University of British Columbia (UBC) en Vancouver, me hice un visitante asiduo a la biblioteca de esta casa de estudios y tuve el placer de releer libros como Un Perdido, de Eduardo Barrios, la trilogía que empezaba con Hijo de Ladrón, de Manuel Rojas, los poemas de la Gabriela, y casi todos los libros que el Profesor Barahona nos hizo leer en aquellos tiempos. A Don Abelardo lo llamábamos el “Bestia,” no por insulto, sino porque gozábamos haciéndolo rabiar y el nos tildaba de esa manera.

Aquí en Vancouver, ciudad de la lluvia eterna, durante mis primeros años en los cuales soñaba con el Chile que dejé por allá por el ’73, veía caer el agua a través de la ventana y pensaba en Carlos Pezoa Veliz en “Tarde en el Hospital,” poeta que Barahona nos hizo descubrir. En Música tuvimos al profesor Núñez, bajito a quien todo el estudiantado conocía como el “Media Pauta.” Con él aprendimos a descifrar los versos del Himno del Liceo, bella pieza de poesía escrita por un ex alumno, aquella del “Caminito Sonoro Liceo,” que aún retumba en mis oídos y que a pesar de los años aún puedo entonar completamente. El Tolota, era el profesor de Matemáticas y la Abuela Pata era la profesora de Dibujo. En Inglés teníamos al profesor Inchaustegui y en Segundo en Francés nos tocó Opazo, quien siempre nos recordaba de que su materia era “endiabladamente difícil.” En Trabajos Manuales tuvimos a Arístides Rodríguez, quien fue nuestro profesor Jefe durante todo el primer ciclo, es decir del Primero al Tercero. En Gimnasia el Señor Saavedra, Badiola y Bravo en Matemáticas. Años después fuimos colegas en la Universidad Técnica del Estado con Badiola y Bravo. En Biología teníamos al Profesor Cid, alias el Tuto por su cara de sueño. Ya era rector del Liceo Don Hermogenes Astudillo; fue por aquellos años cuando fue declarado ilegal el Centro de Alumnos.

Terminé el Tercero nuevamente con un certificado azul, nuevamente por matemáticas, paradojas del destino. Sin embargo lo superé en marzo y el certificado amarillo del ’50 nunca más rondó mi vida. Aparecieron nuevas materias y nuevos profesores — en Química Muñoz, en Física Morales. Del Cuarto al Quinto y del Quinto al Sexto obtuve certificado azul por química. En Sexto todo cambió, fue Química Orgánica, con una estructura sencilla para mi, nada de las malditas valencias, a tal extremo se me hizo sencillo el curso. Cada vez que me sacaba un siete en los exámenes el profesor no me creía y se ponía a revisar las pruebas de los compañeros sentados a mi lado, pero no, fue muy fácil y sencillo. Don Hermógenes apareció por allá por Quinto como profesor de Filosofía, Barrios, el Pelado, siguió como profesor de Historia, de tiempo en tiempo visitaba su librería de viejos que tenia en San Diego cerca de la Alameda y encontraba libros al alcance de mi menguado bolsillo, y Cereceda, Inspector General, el Palta, por lo arrugado de su cara, nos dio Francés el ultimo año. El Algebra fue otra de las materias que en Cuarto se me hicieron fáciles, en particular los problemas de palabras, el profe tampoco me creía cuando sacaba una buena nota, pero recuerdo que las agarré al vuelo. Sin embargo al pasar a Quinto fui mandado al de Letras, nunca supe por qué sino hasta que fue demasiado tarde y ya tenia una Licenciatura en Matemáticas además de una Maestría y un Doctorado. Fue no más porque sí, cuando mi padre me matriculó en Sexto y me preguntaron a cuál iba, elegí Matemáticas. Fue un camino sin regreso, fue un año pesado porque tuve que estudiar lo de Quinto pero salí a flote y terminé el Sexto con un certificado blanco como la nieve.

El Titila solía recordarnos que del Barros Borgoño, la Universidad del Matadero como se le conocía por su ubicación geográfica, habían salido muy buenos profesionales, sin embargo nos recordaba que también habían salido cogoteros. Me quedo con los profesionales , obreros y empleados que es nuestra mejor cara, a pesar de que no hay mejor o peor cara ya que ambas son parte de la misma realidad y del ambiente que los rodea, de la pobreza encubierta en nuestro barrio el Matadero, la miseria y la represión social en todas sus formas. Nuestra generación, la del “60” dio al país profesores secundarios y universitarios, ingenieros, economistas, doctores, activistas, químicos, abogados, periodistas, constructores civiles, obreros, comerciantes, músicos, biólogos, aviadores y marinos. Al menos son las profesiones que recuerdo de mis camaradas del ultimo año.

La última de mis actividades como alumno fue el día de la graduación, terminamos los compañeros con Don Hermógenes tomando vino en la Hermita, por allá por la entrada Sur Oeste del parque Cousiño, por donde entraba cada año en Septiembre a visitar las fondas.

Volví al Liceo por el ’65 y ’66, esta vez como profesor de Matemáticas. Fue una sensación muy extraña, me sentía como pollo en corral ajeno cuando entraba a la sala de profesores, evitaba ese lugar y me iba a la sala de inspectores. El ver como colegas a mis viejos maestros me hacia sentirme fuera de lugar. La sala de profesores era un lugar donde íbamos a atisbar si un profesor estaba o no.

Al cabo de algún tiempo empecé a acostumbrarme y tuve el gusto de conversar con mis viejos maestros y enseñar en aquel lugar que me cobijo cuando era un mocoso de siete años y que dejé casi al final de mi adolescencia. Entré a su espacio físico cuando tenía siete y salí poco antes de cumplir los dieciocho. De esos tiempos aun conservo algunos viejos amigos y a otros los perdí para siempre — Mauricio Brown, con quien comparto recuerdos en mis visitas por la tierra; Ociel Montoya a quien perdí de vista en mi exilio en México; Jaime Cordero compañero de primaria, secundaria y del Pedagógico a quien contacte por teléfono el año 1996 y no paso nada ; Juan Sánchez a quien dejé de ver por el año ’73 y no he podido ubicarlo. El amigo Troncoso, mi compañero de banco en primer año, pasamos compartiendo todo ese tiempo juntos, y al empezar el Segundo no volvió y eso me dolió; ahí empecé a darme cuenta que, como dice Vicentico,”los caminos de la vida no son lo que yo esperaba, no son lo que yo creia, no son lo que imaginaba.” En el ’70, en la esquina de Ecuador y las Rejas divisé a Troncoso arriba de un camión de carga, iba yo preocupado por cosas que ahora me parecen banales y solo cruzamos el saludo amistoso de tiempos lejanos, hasta hoy día siento no haberme detenido a conversar con él y haber estrechado su callosa. Nunca más supe de él.

Cuando entré al Liceo en 1950 recibí la libreta de calificaciones, ésta me acompañó durante los 11 años en que fui su alumno. Cuando salí de Chile en el ’73 para cursar un postgrado, la dejé en casa junto con todos mis libros y enseres, vino el fatídico 11 de Septiembre y perdí mi trabajo en la Universidad, mis enseres, y mi libreta y nunca supe de su destino. La he buscado pero hasta el día de hoy sigue desaparecida, la pérdida de mi libreta me ha perseguido por años.

El Barros Borgoño no solo me educó y me preparó para enfrentar la vida, me dio conciencia de clases. Recuerdo con cariño a mi profesor de Historia, Solovera, quien me abrió las puertas de su biblioteca para buscar y leer libros que estaban fuera de mi alcance. También aportó a mi vida dos etapas importantes. Fue Badiola, mi profesor de Matemáticas el que me introdujo en la ex UTE, lo cual me abrió el camino en mi profesión; además, siendo Profesor Jefe conocí a mi compañera, la cual ha estado a mi lado durante los últimos cuarenta años.

(Aquí una canción que el señor Nuñez, el Media Pauta, nos hacía cantar en coro).



Hoy ostento dos ciudadanías y dos pasaportes. Aquí en el lugar donde me tocó vivir nunca me consideraré un nacional; allá en la tierra donde nací los tiempos de dictadura me la cambiaron de tal modo que es imposible reconocerla y de aceptarla tal cual es. El año ’98 volví a San Diego 1547 y caminé por sus patios y pasillos, me prometí volver para el año 2002 para estar presente en su centenario, pero no se pudo. Este año van para los 105 años los primeros días de Abril y otra vez perderé otro aniversario. Para la huelga de los pingüinos seguí con marcado interés a los muchachos del Borgoño y me identificaba con ellos en cada protesta y sentí como en carne propia cada apaleo y cada guanacazo. Desde aquel día de marzo del ’50 ha corrido mucha agua debajo del puente. No me siento ni Canadiense ni tampoco me siento Chileno, y cuando alguien me pregunta acerca de mi nacionalidad digo con orgullo, lisa y llanamente, que soy Borgoñino

Vancouver Marzo del 2007
http:// diegobarahona@blogia.com
Diego tiene un blog llamado "El Inconforme", solo deben hacer clic en el texto en rojo y llegarán al sitio, donde encontrarán el artículo original y varios más.

1 comentario:

DJ CER dijo...

Soy un ex alumno de año 1986....Cesar Rmirez y quiero saber si el centro de ex alumnos mantiene contactos con ex-alumnos de 4th medio de ese año?
mi e-mail es:
ramirez368@hotmail.com